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viernes, 9 de noviembre de 2007

Caníbales patagónicos en el siglo XX

A principios del siglo XX inmigrantes árabes fueron víctimas de antropofagia. Los pormenores de un hecho histórico acallado.


Vicenta Guahichanas, en cuya casa se comieron a varias víctimas


Entre 1904 y 1909, unas cien personas que habían llegado a trabajar a la Argentina desde distintos países árabes fueron sucesivamente robadas, asesinadas y descuartizadas en los páramos del por entonces Territorio Nacional de Río Negro. Sus verdugos, a los que tal vez apresuradamente se calificó de "mapuches chilenos", no sólo guardaban restos de las víctimas "para hacer gualicho" sino que, además y en varias ocasiones, asaban partes de los cuerpos y las comían.

El país, en medio de los fastos del centenario, a los que se sumaba la refulgente navegación del Cometa Halley por el cielo nacional, no le dio difusión a estos hechos. Tanto la necesidad de atraer inmigrantes para habitar la Patagonia, como la excusa de defender "nuestra imagen cultural ante el mundo", hicieron que la estremecedora información fuese barrida bajo la alfombra. Pero algunos, entre los célebres visitantes de 1910, desconfiaban de que todo lo que brillaba fuese oro. Y Georges Clemenceau, en Buenos Aires, puso aquel sentimiento en palabras: "Esta gente está armando un gran escenario para vaya a saber qué comedia o qué tragedia".

Es posible que, naturales recelos, rechacen los detalles más ominosos del caso, de los que sólo se mencionan los necesarios. Sin embargo, y para detenerse en aquellos pormenores que muestran la más abominable crueldad humana, hay una frase de Ernest Hemingway que puede servir de justificación: "Si Goya hubiera cerrado los ojos ante el horror, jamás hubiera pintado Los desastres de la guerra".


La policía ata las piernas de los detenidos. El descuartizador Pascual Muñoz. Menores de edad que acompañaban a los asesinos


La partida. La información de esta nota surgió en la soledad de la Línea Sur, durante dos charlas sucesivas con Elías Chucair (81), uno de los más emblemáticos escritores de Rio Negro, y vecino notable de Ingeniero Jacobacci, a 200 km de Bariloche. El autor del libro "Partidas sin regreso" (De árabes en la Patagonia), recibió a Noticias en su almacén de ramos generales, y habló de las 900 fojas que componen el sumario de cuatro cuerpos del Archivo de Justicia de Río Negro.

La "línea Sur" (como llamaban los ferroviaríos a la zona más extensa y menos poblada de Río Negro) es uno de los lugares más fríos del mundo y uno de los más desolados de la Argentina. Por Ingeniero Jacobacci ya ni siquiera pasan los trenes que, hasta los ’90, unían Buenos Aires y Bariloche.

En Jacobacci, en invierno, al anochecer, se encienden las primeras luces y cualquiera puede imaginarse que, adentro, en las casas, los abuelos cuentan a los niños episodios felices y que sólo suceden en verano.

"Son muy pocos, todavía, los que conocen esta historia", dijo Elias Chucair. Y detrás de él, en la ventana, sólo se escuchaba la paciencia interminable de una lluvia de agua nieve que no cesaba de caer desde la mañana. "Según el sumario -agregó-, más de 130 turcos, como nos dicen cariñosamente a los árabes, que venían a caballo desde General Roca y Neuquén para vender mercadería en esta zona, fueron asesinados a 100 kilómetros de aquí, por Lagunitas, al Norte de Maquinchao y al Sudoeste de El Cuy".

Buen narrador, el relato de Chucair se inicia contando que los vendedores retiraban ropa, telas o bijouterie en consignación de Eldahuk Hermanos, en General Roca, y que después recorrían los centros más alejados. Pero la firma, en un momento, llegó a tener 55 árabes que habían retirado mercadería varíos años atrás y que aún no regresaban.

La primera denuncia formal, pues los comentaríos ya eran muchos, la presentó, en El Cuy, el comerciante Salomón Daud, el 15 de abril de 1909, y allí se inició un largo operativo a cargo del comisarío José Torino, que se internó en la estepa, en invierno, con temperaturas de 20 grados bajo cero. La orden la dio el gobernador Carlos Gallardo y, la policía armó un grupo de 10 hombres, 4 de ellos civiles.

Ante la presencia policial, los buscados se dispersaron. Pero la cuadrilla los fue encontrando y, a fines de enero de 1910, con 53 detenidos atados codo con codo y en fila india, la partida volvió del desierto. El gobierno de Río Negro, en tanto y debido a la precarias comunicaciones de entonces, se iba enterando de los hechos por los diaríos de Buenos Aires. Una vez llegados a General Roca y conocidas las primeras declaraciones de los detenidos, los diaríos las publicaron en primera plana. Pero la Patagonia estaba lejos, tenía mejores noticias (se descubría petróleo en Comodoro Rivadavia), y el presidente Figueroa Alcorta anunciaba los festejos por los 100 años de la Patria.

Patagonia caníbal. Por Maquinchao o Quetrequile la gente, aterrorizada, no hablaba de otra cosa. Y no era para menos considerando las declaraciones de los imputados. Todas fueron muy parecidas, por ejemplo, a las de Juan Aburto: "El cadáver de José Elías (una de las víctimas) fue decapitado por Francisco Muñoz quien luego le abrió el pecho y después de extraerle el corazón y cortarle los genitales se puso a jugar con ellos y por último charqueó el corazón y lo puso al fuego. Entonces Julián Muñoz, padre de Francisco, lo empezó a comer y dijo: antes, cuando yo era capitanejo y peleábamos con los huincas, sabíamos comer corazón de cristiano; pero de turco no he probado y ahora voy a saber qué gusto tiene. Y después de comer la mitad le dijo a sus hijos: está rico, sabroso, coman muchachos para que se hagan guapos...".

La crónica de Chucair tiene los nombres de los criminales que fueron condenados a prisión, explica que todos eran obligados a participar en cada uno de los hechos, enumera que entre los asesinados sólo 73 tenían documentos (fueron los únicos identificados), y cuenta de qué manera quemaban los cuerpos, molían los huesos y hacían desaparecer las evidencias. Y también explica, Chucair, que el jefe de los criminales, Pedro Vila, poco antes de ser detenido, se mudaba todo el tiempo de ruca (casa) porque de noche escuchaba pasos, oía pavorosos bufidos de caballos y sentía que las almas en pena de los turcos lo estaban requiriendo.

Fuente: Revista Noticias

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