Sabemos con certeza que la costumbre de fotografiar al cortejo cesó por completo en la Capital Federal cuando desapareció el coche fúnebre a caballos, treinta años atrás. Las últimas funerarias que utilizaran este servicio todavía contaban con un fotógrafo para cubrir los sepelios hacia 1970, aunque las fotos ya se hacían únicamente a pedido de los deudos.
Al parecer, en todos las épocas cada funeraria tenía su fotógrafo y con él trabajaba regularmente, aunque no mediaba relación de dependencia ni contrato alguno.
Las funerarias no tenían un servicio especial con fotos incluídas: las fotos formaban parte del servicio de un modo suplementario, agregado, y los deudos las compraban o no según quisieran. Cada servicio fúnebre era publicitado en los diarios hablamos de los años 30/40 y el fotógrafo concurría directamente al velatorio. Tomaba fotos de las coronas y del féretro cerrado (aunque no había restricciones que impidieran su trabajo, tenía especial cuidado en no fotografiar el ataúd descubierto, excepto que los deudos pidieran expresamente una imagen del difunto, algo más que excepcional para entonces). Luego, registraba el momento en que el ataúd era sacado de la casa momento importante, ya que recordaba el abandono definitivo del hogar y, si los deudos querían, hacía una foto a cada grupo de parientes sosteniendo el féretro: hijos, hermanos, nietos. Después se fotografiaba el acompañamiento propiamente dicho por las calles de la ciudad y la entrada al cementerio, En rigor, eran secuencias rutinarias que tendían a la confección de un álbum recordatorio cuya último foto era la lápida sepulcral. El fotógrafo hacía su negocio independientemente de la funeraria y el mecanismo de venta no era diferente al de las fiestas y casamientos, donde cada uno de los concurrentes compraba los fotos que más le interesaban.
Los clientes más firmes para los fotos de cortejo y sepultura eran las familias de inmigrantes. Siempre había algún pariente en Europa al que había que enviar el recordatorio. Si su parentesco con el difunto era muy cercano mandaban hacer una corona con su nombre y ordenaban una foto donde se lo viera en lugar destacado, para dar testimonio de que la familia se había ocupado de no dejarlo ausente durante la última despedida. Vale agregar anecdóticamente que esta costumbre originaba situaciones graciosas: competencia entre los parientes por la dimensión y ornato de las coronas, por ejemplo, o discusiones para lograr una bueno ubicación de la propia corona cuando tomaban la foto del conjunto.
La fotografía del difunto era un recordatorio de la muerte en sentido estricto, en tanto que la fotografía de cortejo y sepultura era un recordatorio del acontecimiento social que originaba la muerte. Esta diferencia, que a nuestro juicio es muy importante, sugiere la hipótesis de que la fotografía de cortejo y sepultura suplantó a la foto del difunto como última concesión que la cultura otorgaba al recuerdo fotográfico el más 'verdadero' y 'real' de la muerte
Hoy la foto de cortejo y sepultura también se abandonó porque cualquier recordatorio fotográfico de la muerte, así sea de sus consecuencias más inocuas, como la reunión familiar, está interdicto. No tenemos más que pensar en la posibilidad de que algún familiar o amigo saque una cámara fotográfica y se apreste a tomar fotos en el velorio de un ser querido próximo nuestra madre, o hijo, o hermano con el sólo propósito de tener un recuerdo, para darnos una idea de lo extraño, disparatado y agresivo que nos resultaría. Ni qué hablar si pretende fotografiar al difunto por la mismo razón.
La presencia de una cámara fotográfica en las ceremonias fúnebres nos resulta inadmisible excepto que la justifique y legalice una razón períodística. Si el muerto, o las circunstancias de la muerte. son 'nota', la foto no nos perturba. Sin esa razón o cualquier otra que no sea el recordatorio la fotografía, en cambio, nos resulta simplemente morbosa y aberrante.
Fuente
martes, 30 de octubre de 2007
La fotografia de cortejo y sepultura en Bs.as
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8:25 p. m.
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